Nosotros también estuvimos en un único punto, pequeño punto, donde se concentraba toda la materia. Acuérdate, de aquel sereno caos que nos servía de refugio, con su aire tantas veces viciado de humo, mezclado en cada partícula con el olor característico de cada uno de nosotros. Lo mismo se usaba de comedor, que de dormitorio, que de recreativo. Hubo un tiempo en que era todo lo que teníamos, aunque no siempre todo lo que necesitábamos y sin embargo éramos felices en esa ignorancia. Porque, como en los inicios y a nuestra particular manera, nosotros también teníamos una cálida presencia que sobresalía y resaltaba por encima de todas, que nos atraía hacia él. En él podíamos cobijarnos, acudíamos en busca de consuelo, de sabiduría, nos reconfortaba tan sólo con el simple hecho de verle allí, en el punto, meditando y a sus cosas. Y como todo yang tenía su yin, sólo que al revés y ahí estaba ella, alborotadora, dañina, tan confusa e irracional que a veces ocupaba todo el punto. Y lo limpiaba todo el tiempo y cocinaba y regañaba, asustaba y aún a pesar de todo era en aquel momento muy querida, admirada y sin embargo hoy...
El día, aquel día en el que todo comenzó a expandirse, en el que se empezó a alejar sin querer, ajeno a esa fuerza que lo arrastró lejos y nos llevó a todos a otra nueva etapa. Ese día supe sin ser a la vez consciente de ello que también él nos estaría esperando en la luna de un recuerdo omnisciente y que volveríamos, de alguna manera al punto, ingenuamente felices, bañados en su cálida luz, sin caos y al completo.
Son de esas cosas que se hacen del tirón o al final se quedan ancladas en el "y si..." de la mano del "mañana en cuanto tenga un huequito". He aprovechado el empujón, soy más sombra que ser en estos asuntos y ya te adelanto que se perderá en el olvido. Pero ¿por qué no intentarlo? Sé que tú harás que merezca la pena.
sábado, 12 de julio de 2014
Nuestro particular universo
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