Quiero llevarte un rato nada más al campo y enseñarte allí mis ojos cuando miran el cielo abierto.
Tienes que escuchar aquello, no es el silencio, qué va, es el viento entre las ramas, es la brisa acariciando tu frente perlada, el polvo que levantan tus pies al caminar por el terreno donde las zarzas crecen en la acequia. Es el rumor del agua del manantial que da origen al arroyo del que se nutre la fuente de la que bebes.
Huele el campo, escóndete del Sol a la sombra de una encina y olfatea furtivamente. Se huele el regato con el fondo lleno de cantos rodados suaves como tus caricias. Mira qué bien huelen los pinos, ríe. Míralo con mis ojos y déjate seducir por el campo como lo he hecho yo por ti. Quería conocer cada palmo de tu cuerpo y ahora que lo conozco deseo recorrer tu geografía completa y con embeleso dejarme narcotizar por tu belleza, permaneciendo enamorado todos los días. Quiero llevarte un rato nada más al campo; me da igual la estación del año, la hora del día o de la noche, tienes que sentir el rebullir de los pájaros al sabernos cerca cómo cantan y revolucionan el entorno. Tienes que pegar los sentidos a ras de suelo y dejar que las briznas de hierba te acaricien, susurrar al árbol centenario canciones añoradas de una infancia arrebatada y darte permiso para explorar tu corazón.
Son de esas cosas que se hacen del tirón o al final se quedan ancladas en el "y si..." de la mano del "mañana en cuanto tenga un huequito". He aprovechado el empujón, soy más sombra que ser en estos asuntos y ya te adelanto que se perderá en el olvido. Pero ¿por qué no intentarlo? Sé que tú harás que merezca la pena.
domingo, 10 de agosto de 2014
Pide un deseo
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