Párate un segundo a contemplar como se va apagando el día e incendiando el sol. Cuando hambriento el horizonte va engullendo a segundero la enormidad. Detente a escuchar el crujir de tu pisar sobre la espesa hierba cubierta de hojas. Párate cuando avisa la lluvia con su olor a tierra mojada y te envuelve la brisa salvaje previa a la tormenta. Déjate caer, arrastrar y remover por la corriente del mismo río que te vio crecer, reír despreocupado por la felicidad que da la inocencia de la infancia. Siéntate así, mojado, en ese atardecer, con el pecho henchido, como cuando eras un niño. Y siéntate a sentirte a ti, perfectamente imperfecto como este otoño que nos empuja. Y mirame, te quiero tal cual, con tu mochila de errores, de arranques y desconsuelos. Eres la sonrisa que me enciende el alma.
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